Buried, 100 minutos de claustrofobia

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No me gusta informarme en exceso sobre las películas que voy a ver, la mayoría de los trailers revientan casi la totalidad del metraje y prefiero que las buenas obras me pillen por sorpresa, desarmado y sin ideas preconcebidas. Por eso salí de Buried en una especie de shock mientras comentaba mis impresiones a medio forjar con mis amigos y es que la película no es para menos.

Paul Conroy se despierta aturdido en medio de la oscuridad, apenas recuerda lo que ha sucedido y todo es muy confuso. La respiración se le acelera mientras el espectador comienza a inquietarse conectando, desde el comienzo, con sus sensaciones. Poco a poco recupera el sentido y descubre, horrorizado, que se encuentra dentro de un ataúd a una distancia indeterminada de la superficie. Sus únicas armas para salir serán un mechero, un móvil en árabe con escasa batería y poco más. No puedo contar nada más sobre este ejercicio de claustrofobia y puesta al límite del aguante humano.

El hecho de que la película no aburra y mantenga la tensión durante sus 100 minutos de duración blandiendo como armas un único personaje y decorado (si se le puede llamar así) nos indica que estamos ante algo especial. A medida que los motivos del encierro del protagonista se van despejando nuestra empatía crece hasta llegar a puntos en los que los más claustrofóbicos tendrán serios problemas para permanecer en la sala. Pasamos por momentos de esperanza, frustración, y verdadera rabia ante los que se nos pondrán los pelos de punta.

Más allá de la ansiedad que produce el encierro del protagonista se tratan otros temas de forma transversal como la frialdad del ser humano ante el dolor ajeno, el egoísmo por salvar el culo cueste lo que cueste o la política de los gobiernos ante la petición de rescates y la toma de rehenes. Parece mentira que todo este contenido quepa en un simple ataúd en el que escasea el oxígeno.

Por supuesto, recomiendo esta coproducción española y australiana de presupuesto mínimo (menos de dos millones de dólares). Su director, Rodrigo Cortés, demuestra que se puede hacer cine español de calidad y dejar de hablar de prostitutas, homosexuales y drogas. Espero que con películas como Ágora, Celda 211, El Laberinto del Fauno y otras muchas mejore la mala reputación que tiene nuestro cine incluso en nuestro país.

Lleven sus mascarillas de oxígeno a la sala y algunas pastillas contra la ansiedad porque las necesitarán.

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